OTROS RELATOS DEL AUJERO!!
EL PERRO DEL COMISARIO. La paisanada pasaba la tarde como siempre, en El Aujero´el Cuis mientras afuera las chicharras se esforzaban, agazapadas en el caldén, en recordarles a todos el calor agobiante a fuerza de puro chirrido. En la mesa del fondo, el partido bueno de un match de truco se resolvía por la mínima diferencia, un caballo que mataba ajustadamente a una sota en la tercera, después de que la primera y la segunda habían sido pardas. Otro aparcero mataba el tiempo trenzando tientos, y alguno se acordó de Santillán. El Gaucho ya estaba repuesto de su desafortunado encuentro con la jauría y todos esperaban su inminente retorno aunque el Mendieta, el cabecilla de los atacantes, seguía prófugo de la justicia. El tema dió lugar a reflexiones sesudas sobre las causas que pueden incitar a un perro bueno a iniciar una carrera delictiva. -Güeno- se apresuró a opinar Barrales-yo conocí un caso muy sonado en mi pueblo,Ñandubay Hachado, cuando era mozo. -Cuente, metalé-lo animó otro paisano, sabedor de que los relatos de don Barrales solían ser extraordinarios. -Y güeno, ya que me lo pide ansí, no me via´hacer rogar- y apurando un sorbito de ginebra para estirar el suspenso, arrancó con el relato. -El Sotreta era un perro que había criau de chico el comesario. Lo había encontrau vaya uno a saber dónde. Cuzquito, eh, no perro grande-dijo el viejo, indicando con su mano la alzada del perro-. Lo encontró guacho y se lo llevó a la comisaría. De entrada parecía medio abombau, pero después se empezó a despabilar. Seguía a los milicos en los operativos, siempre atrás, en la camioneta del comesario, y era de no creer como paraba la oreja cada vez que en la comisaría se hablaba de algún delito. Parecía que entendía, el perro. La cosa es que el Sotreta empezó a hacer pozos en la tierra y a enterrar cosas. Primero güesos, pa´algo era perro. Pero endispués, empezó a llevarse otras cosas. Tuercas, botones, y cosas así. Un día, el comesario perdió el reloj de bolsillo que era recuerdo de su tata y tenía siempre en el escritorio. Ese día hubo bronca, y todos los milicos salieron a buscar el reloj, hasta que uno se acordó de haber visto a lo lejos al Sotreta con algo brillante en la trompa. Lo dentraron a seguir al perro como quien no quiere la cosa, y encontraron que había enterrau el reloj. -Bicho mañoso!-comentó el pulpero como para sí. -Ahí no se termina la cosa-se explayó Barrales-. El comesario le dió una soba con el talero al perro, pero el animal no escarmentó. Cada vez robaba cosas más grandes, y las escuendía mejor. Lo más pior fue cuando a Cardonatto le robaron el tractor, que al fiinal resultó que el Sotreta también lo había enterrau por ahí. Nadie supo esplicar como, pero el Sotreta se lo llevó y lo enterró. Ahí el comesario habló con el veterinario, y el dotor le dijo que deseguro el animal era cletómano, que robaba de vicio, nomás. Lo tuvieron encerrado en el calabozo un tiempo, pa´que no haga más maldades, y el bicho se puso tristón que ni comer quería, casi. Al final, endispués de una semana, el comesario lo largó por güena conduta, y pasó un tiempo largo que pareció que había escarmentau. -Pareció, nomás?-inquirió con aire de desconfianza Galván levantando la vista de los tientos que estaba trenzando. -Sí, porque seis meses después, robaron el Banco de la Provincia, que estaba enfrente de la plaza, la que tenía la estatua de Sarmiento-aclaró el viejo, olvidando que ninguno de sus oyentes había estado jamás en Ñandubay Hachado-. Hicieron un túnel, y lo robaron en el fin de semana, asi que el gerente no se dió cuenta hasta el lunes. Como cincuenta metros de tunel, hicieron. Angosto, como cueva é peludo. Todo se llevaron. Había sido el perro, de seguro. Un cresitano no cabía en el ujero. Ahí se dieron cuenta que el perro hacía dos días que no aparecía. -Y no lo encontraron nunca?-interrumpió el Eulogio. -Ni a él, ni a la plata-dijo Barrales para rematar su cuento-vea si habría planeado bien la fuga. Pa´ colmo, como decía el comesario, si lo agarraban tampoco lo iban a poder culpar. Tanto tiempo parando la oreja en lo que hacían los milicos, el Sotreta había aprendido a borrar sus güeyas datilares. Al final del relato se hizo, como testimonio del asombro de los oyentes, un silencio respetuoso, solo interrumpido por el canto de las chicharras.
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