lunes 9 de noviembre de 2009

OTROS RELATOS DEL AUJERO!!




EL PERRO DEL COMISARIO.


La paisanada pasaba la tarde como siempre, en El Aujero´el Cuis mientras afuera las chicharras se esforzaban, agazapadas en el caldén, en recordarles a todos el calor agobiante a fuerza de puro chirrido.


En la mesa del fondo, el partido bueno de un match de truco se resolvía por la mínima diferencia, un caballo que mataba ajustadamente a una sota en la tercera, después de que la primera y la segunda habían sido pardas. Otro aparcero mataba el tiempo trenzando tientos, y alguno se acordó de Santillán.

El Gaucho ya estaba repuesto de su desafortunado encuentro con la jauría y todos esperaban su inminente retorno aunque el Mendieta, el cabecilla de los atacantes, seguía prófugo de la justicia.

El tema dió lugar a reflexiones sesudas sobre las causas que pueden incitar a un perro bueno a iniciar una carrera delictiva.

-Güeno- se apresuró a opinar Barrales-yo conocí un caso muy sonado en mi pueblo,Ñandubay Hachado, cuando era mozo.

-Cuente, metalé-lo animó otro paisano, sabedor de que los relatos de don Barrales solían ser extraordinarios.

-Y güeno, ya que me lo pide ansí, no me via´hacer rogar- y apurando un sorbito de ginebra para estirar el suspenso, arrancó con el relato.

-El Sotreta era un perro que había criau de chico el comesario. Lo había encontrau vaya uno a saber dónde. Cuzquito, eh, no perro grande-dijo el viejo, indicando con su mano la alzada del perro-. Lo encontró guacho y se lo llevó a la comisaría.


De entrada parecía medio abombau, pero después se empezó a despabilar. Seguía a los milicos en los operativos, siempre atrás, en la camioneta del comesario, y era de no creer como paraba la oreja cada vez que en la comisaría se hablaba de algún delito. Parecía que entendía, el perro.


La cosa es que el Sotreta empezó a hacer pozos en la tierra y a enterrar cosas. Primero güesos, pa´algo era perro. Pero endispués, empezó a llevarse otras cosas. Tuercas, botones, y cosas así. Un día, el comesario perdió el reloj de bolsillo que era recuerdo de su tata y tenía siempre en el escritorio. Ese día hubo bronca, y todos los milicos salieron a buscar el reloj, hasta que uno se acordó de haber visto a lo lejos al Sotreta con algo brillante en la trompa.


Lo dentraron a seguir al perro como quien no quiere la cosa, y encontraron que había enterrau el reloj.

-Bicho mañoso!-comentó el pulpero como para sí.

-Ahí no se termina la cosa-se explayó Barrales-. El comesario le dió una soba con el talero al perro, pero el animal no escarmentó. Cada vez robaba cosas más grandes, y las escuendía mejor. Lo más pior fue cuando a Cardonatto le robaron el tractor, que al fiinal resultó que el Sotreta también lo había enterrau por ahí. Nadie supo esplicar como, pero el Sotreta se lo llevó y lo enterró.


Ahí el comesario habló con el veterinario, y el dotor le dijo que deseguro el animal era cletómano, que robaba de vicio, nomás. Lo tuvieron encerrado en el calabozo un tiempo, pa´que no haga más maldades, y el bicho se puso tristón que ni comer quería, casi. Al final, endispués de una semana, el comesario lo largó por güena conduta, y pasó un tiempo largo que pareció que había escarmentau.

-Pareció, nomás?-inquirió con aire de desconfianza Galván levantando la vista de los tientos que estaba trenzando.

-Sí, porque seis meses después, robaron el Banco de la Provincia, que estaba enfrente de la plaza, la que tenía la estatua de Sarmiento-aclaró el viejo, olvidando que ninguno de sus oyentes había estado jamás en Ñandubay Hachado-. Hicieron un túnel, y lo robaron en el fin de semana, asi que el gerente no se dió cuenta hasta el lunes.


Como cincuenta metros de tunel, hicieron. Angosto, como cueva é peludo. Todo se llevaron. Había sido el perro, de seguro. Un cresitano no cabía en el ujero. Ahí se dieron cuenta que el perro hacía dos días que no aparecía.

-Y no lo encontraron nunca?-interrumpió el Eulogio.

-Ni a él, ni a la plata-dijo Barrales para rematar su cuento-vea si habría planeado bien la fuga. Pa´ colmo, como decía el comesario, si lo agarraban tampoco lo iban a poder culpar. Tanto tiempo parando la oreja en lo que hacían los milicos, el Sotreta había aprendido a borrar sus güeyas datilares.

Al final del relato se hizo, como testimonio del asombro de los oyentes, un silencio respetuoso, solo interrumpido por el canto de las chicharras.



Autor: gustavo.


Buenas noches.

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lunes 2 de noviembre de 2009

EL AGUJERO `EL CUIS


(Nota del Gaucho: esto es inèdito. Nunca se publicò. Lo escribiò gustavo a fines del año pasado.)

(Nota de gustavo : Este post está dedicado al querido Gaucho Santillán parodiando los hechos ocurridos hace unas semanas en las afueras de Resistencia, donde fuera atacado por una jauría de perros cimarrones).

La tarde caía y la paisanada se arrimaba al boliche para tomar una ginebra antes de ir a sus ranchos, donde chinas y guríes esperaban ansiosamente el retorno de los indomitos reyes de las pampas.


El Aujero ´el Cuis era el único boliche de campo que quedaba en la ciudad de Resistencia. Allí, los más indómitos gauchos se resistían al paso del tiempo, negándose a caer en la seducción de los pubs y los bares de decorados extranjerizantes.

Cabe aclarar que los parroquianos habituales se ganaban la vida como profesionales, banqueros, burócratas y entre ellos había hasta algún que otro modisto. Pero todos ellos, respetando las ancestrales tradiciones de su tierra, al terminar su actividad diaria se vestían de gauchos, y pasaban por el boliche.


En su afán purista, los clientes del bar mantenían intacta su lealtad a la bota de potro, lo que hacía que los dedos de los pies se llenaran de mugre al contacto con el suelo de tierra apisonada del recinto. Los más extremistas, se negaban a sentarse en nada que no fuera una calavera de vaca.


En el recinto, estaba prohibido hablar de fútbol, limitándose las conversaciones deportivas a tópicos como las cuadreras, las bochas o la taba.
En materia de política, no se podía de común acuerdo mencionar a ningún prohombre posterior a Roca y Avellaneda.


Tan lejos llegaban en su fundamentalismo tradicionalista los parroquianos, que habían declarado que dentro del ámbito de la pulpería la vinchuca sería considerada fauna autóctona protegida.


Y no faltaron aquellos que trataron infructuosamente de incitar a los wichis a un malón, cuando, aburridos por la falta de acción, comenzaron a pensar en darles uso a los Remingtons heredados de sus antepasados.


A este refugio de virtudes argentinas, una tarde entró apresurado uno de los habituales clientes del boliche. Tan turbado estaba, que hasta estacionó el flete en doble fila. Saludó, se acodó en el mostrador, le pidió una ginebra al pulpero, y dijo en voz fuerte, para no tener que repetirlo:


-Lo han heriu al Santillán!


-Canejo, y como fue?-preguntó un viejito rotoso que era en realidad el dueño de una próspera cadena de boutiques.


Los demás se arremolinaron ansiosos en torno al recién llegado, para escuchar la relación del infortunio.
Y es que Santillán era uno de los más respetados en el pago, pese a su insistencia en usar bombachas batarazas floreadas.


-Han sido esos sotretas de los perros cimarrones. Lo han emboscau de a traición, los muy maulas.


-Cuántos eran, los disgraciaus?-inquirió el pulpero, que era además el poseedor de una discoteca en el centro de Resistencia.


-Santillán contó unas ochocientas patas, así que serían unos doscientos cimarrones que se le fueron al humo. Pero Santillán no se achicó, peló el facón, y les dentró a dar pa´que tengan y pa´ que guarden, a los brutos.


-Y cómo está, el Gaucho ?-intervino otro de los clientes, de profesión decorador de interiores.


-Medio mordisqueau, pero no va a estirar la pata por un malón de cuzcos.
Ya la culandrera le hizo las curaciones.


-Güeno, pero tanto perro junto, no es normal.
Alguien los debe de haber sublevau, pa´que se vengan tan en montonera-reflexionó el pulpero.


-Justamente.
El Gaucho alcanzó a reconocer al que los mandaba. Era el Mendieta-aclaró el narrador-. Parece que el animalito, desde que se nos fue don Inodoro, se ha puesto cimarrón, de la pena.


Y ahí fue que esos curtidos hombres de campo, exclamaron al unísono:


-Qué lo parió!


(Autor ; gustavo)



lunes 26 de octubre de 2009

EL LOBIZÒN MANSO



(Damas y caballeros: un cuento de horror desde las más recónditas profundidades de la pampa. Ya llega... EL LOBIZÒN MANSO.)

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Mientras trataba de destapar la bombilla con una brizna de pasto seco, Acevedo le dijo a Ezcurra, que le estaba hechando más bosta seca al fuego:

-Yo supe conocer un lobizón en mi pago, de mozo, antes de venirme pa Quetrequén.

-Eso, nunca me lo había contau, compadre.

-Fue ansí la cosa: en mi pago, ajuera del pueblo tenia un rancho el Antenor Galarza, que le decían el gringo, por lo rubio q´era. Con la mujer, el Antenor supo tener seis hijos, todos varones. Y endijpué le nació el sétimo.

-Pintaba pa´ lobizón, seguro.

-Eso nos maliceabamos todos, en el pueblo. El gurí, que lo cristianaron Hilario, era güeno, y obediente. Salió rubio, gringo como el padre. Pero todos le teniban disconfianza. En el pueblo se decía que, cuando se hiciera muchacho, ibamos a tener una disgracia.

-Y la familia del gurí, que decía?

-Todos medio priocupaus, también, menos ña Julia, la madre del Antenor. Siempre le decía: va a ver, m´hijo, que cuando el gurí ese crezca, no le va dar nengún disgusto.

-Y endispué, que pasó?

-Cuando el gurí se enpezó a hacer mocito, que ya casi todos los hermanos mas grandes se habían ido cada cual por su lado, pasó lo de la maldición del lobizón. Una noche de luna llena, el Hilario se dispertó, empezó a aullar como una fiera y salió corriendo del rancho, en cuatro patas. El padre lo siguió, perdió el rastro y lo encontró dinuevo, yendo pa la chacra del viejo Filemón. Y ahí estaba el Hilario, transformau en un perro grandote, que estaba tirau al lado de las ovejas del Filemón.

-Y mató muchas, el lobizón?

-Nenguna. El tata lo miraba, escondido atrás de un caldén, y no lo podia crier. Cuando iba a amanecer, el lobizón entró a trotar pal rancho, tan rápido que el Antenor no lo podía alcanzar. Cuando llegó al rancho, el mocito ya estaba hecho crestiano de nuevo, y durmiendo como un bendito.

-Y eso, pasó más veces, o jue una sola?.

-Siempre lo mismo, cuanto había luna llena. Nunca mató nenguna oveja, y usté no me va querer creer, pero hasta echó un par de veces a un puma que andaba rondandole a las ovejas del viejo.

-Lobizón manso, primera vez que escucho hablar, vea.

-El Antenor mesmo no entendía por qué, hasta que le preguntó a la madre como era que ella sabía de antes que el gurí no se iba a disgraciar como lobizón.

-Y doña Julia, qué le dijo?.

- Le contó al Antenor quién había sido su padre, porque él no lo había sabido nunca. Le dijo que había sido un gringo, agrimensor, un tal Niemayer, que había estado midiendo unos campos y endispues se fue pa la ciudad, y nunca más lo vio, la Julia. Por eso el Antenor, y el Hilario también eran rubios, de ojos azules. Entonces entendió.

-Entendió, lo qué, compadre?

-El Niemeyer ese, era alemán. El gurí, había sacao la sangre alemana del aguelo. Por eso, en vez de matarle las ovejas al Filemón, se las cuidaba. En vez de lobizón, el Hilario salió pastor alemán, nomás!




Autor: gustavo.

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jueves 22 de octubre de 2009

ATAULFO ROVIROSA, UN AUTODIDACTA GENIAL.(REPOSICIÒN)



(Bueno, soy el Gaucho Santillàn. Como he quedado bastante solo, y todavìa puedo entrar aquì, en Bloguetia, voy a ir publicando los que me parecieron los mejores post de este otrora famoso blog. Es un poco de nostalgia, disculpen)

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Si bien la Nueva Cronología de Fomenko, descripta en un post anteriormente publicado, lleva a límites insospechados la tendencia a acortar la duración de la Historia como nosotros la conocemos, recientes investigaciones indican que el matemático ruso se inspiró, sin duda, en las ideas de Ataúlfo Rovirosa, ignoto pensador nacido en 1924 en Cajón de Ginebra Chico, provincia de Santa Cruz, lugar donde permaneció durante toda su vida como puestero de la estancia Las Martinetas, y donde adquirió todos sus conocimientos, leyendo algunos mohosos libros que encontró en el altillo del casco de la estancia.

Las ideas de Rovirosa, no por erróneas dejan de ser interesantes, ya que no solo preceden, sino superan a la teoría de Fomenko, reduciendo no solo el marco temporal de la Historia universal, sino también sus límites espaciales.

En efecto, afirma Rovirosa que la edad de la Tierra es la postulada por el arzobispo James Ussher en el siglo XVII, quien sostuvo que la creación tuvo lugar el 23 de octubre del 4004 aC, lo que lo obliga a comprimir la duración de la historia humana, ya que se niega a descartar la teoría darwiniwna de la evolución. Esto lo convierte en un pensador absolutamente original, siendo el único caso de creacionista que es, al mismo tiempo, evolucionista.

Sean cuales fueren los motivos de esta ambigüedad, Rovirosa estima que el proceso de evolución biológica llevó varios milenios, hasta la aparición del Homo sapiens, en 1856.

Siendo sus conocimientos médicos precarios, por no decir inexistentes, sostiene Rovirosa que si hubiera personas nacidas antes de esa fecha, "yo ya tendría que haberme cruzado con alguna de ellas" (sic). Parece ser que la fecha de 1856 fue inspirada por el nacimiento del abuelo de Rovirosa, siendo la referencia más remota que pudo rescatar del pasado de su familia.

Para ajustar a su interpretación de la Historia la evidencia arqueológica, el ingenioso Rovirosa afirma que "lo que la gente dice que son ruinas, y creen que son antiguas porque están cayéndos a pedazos, no son tan viejas. Lo que pasa, es que, siendo la humanidad tan joven, para que haya tantas cosas edificadas, seguramente las tuvieron que hacer a la disparada, y por eso se están viniendo abajo" (sic).

Pero, no conforme con acortar la duración de la Historia, el genial erudito impone un estrecho límite espacial a las gestas de la actualidad, cuando (munido de un libro de geografía argentina al que le faltaban las páginas correspondientes a las provincias del Noroeste) asegura que la superficie habitada de la Tierra se extiende "más o menos, desde el penal de Ushuaia hasta el patio trasero de la casa de Tucumán, y desde Buenos Ayres hasta el paso de Uspallata" (sic).

Consecuentemente Ataúlfo determinó, por ejemplo, que los tártaros debían haber vivido en la estapa patagónica, los romanos en la llanura bonaerense, los griegos en las islas del delta, los fenicios en la costa atlántica, próximos a Bahía Blanca, los mayas y aztecas en Misiones y los africanos en San Telmo. De los chinos y japoneses, afirma que son un mito, porque si existieran de verdad "yo ya tendría que haberme cruzado con alguna de ellas" (argumento que como puede apreciarse Rovirosa utilizó en numerosas ocasiones). Sostiene que Aníbal cruzó los Andes (aunque, según afirma Rovirosa "se volvió enseguida, porque la Tierra se terminaba del otro lado"), y Colón no hizo otra cosa que atravesar con sus carabelas la laguna de Chascomús.

Los escritos de Rovirosa todavía están siendo catalogados y descifrados, tarea ciclópea si se tiene en cuenta su tortuosa caligrafía, aunada a su hábito de escribir en papeles de diario usados para envolver paquetes. Los eruditos confían en que, cuando todo ese material sea editado, el público tendrá acceso a la obra de uno de los pensadores más originales de nuestra Patria.

Autor: gustavo
(NdR. gustavo es un sabio loco que actualmente reside en Alemania.)

domingo 24 de mayo de 2009

DIOS Y EL SEGUNDO PRINCIPIO



-Eh, Ammon, mirá quien viene! Que hacés, Dios?

-Ah, hola Zeus, que hacés ? Y vos como andás, Ammon ? La verdad que no los había visto, andaba apurado.

-Mucho laburo?

-Un infier…digo un toco. Estos tipos ya son como siete mil millones, y siguen pidiendome boludeces. El otro días estamos hablando de eso en una cena con Allah, justamente. Ustedes si que se jubilaron justo.

-La verdad que zafamos, loco. En nuestra época, eran muchos menos, y tampoco nos venían con planteos boludos, ni reclamos. Mirá: los egipcios ya estaban acostumbrados a que la inmortalidad era para el faraón y unos pocos más, y los demás se jodían sin chistar.

-Y a mí, los griegos no me pedían que fuera justo. Cada cagada que me mandaba, la entendían, y hasta te diria que la justificaban. Ni de la guerra de Troya me culpaban. Nunca, te juro.

-Ves? Ahí está, viejo! A mí ya me tienen podrido con tantas quejas: ”Por que Dios deja que haya pibes con hambre? “. ”Cómo Dios permite que haya guerras? ”Me cacho en Dios, que cobró ese réferi cornudo?“

-Sí, no es fácil lo tuyo.

-Mirá lo que pasó el otro día. Me rezó un chabón que quería hacer un asado en Pereyra, para festejar no me acuerdo que pelotudez, con toda la familia. Como treinta eran, y el tipo tenía miedo de que lloviera. Ese día, tenía que llover. Hacía cuatro meses que no caía una gota. Cuatro meses, un montón. Bueno yo me dije: un día más o menos que no llueva en el conurbano, es lo mismo, así que le dí el gusto al coso ese.

-Quedó contento?

-Sí, la pasó bárbaro, pero ni las gracias me dio, el muy turro. Y encima, al día siguiente empezaron no sé cuantos miles de quinteros a putearme porque se les arruinaban las verduras por falta de lluvia.

-Que bajón, loco.

-Es siempre así. Si arreglás una cosa, se desarregla otra. Evitás un tornado en Haití, y causás un tsunami en el archipiélago de Tonga. Y estos boludos que no entienden lo del Segundo Principio…

-Segundo Mandamiento?

-No, nabo, yo hablo del Segundo Pricipio de la Termodinámica: "La cantidad de entropía de cualquier sistema aislado termodinamicamente tiende a incrementarse con el tiempo". Cuando uno quiere arreglar algo, al final hace más quilombo. Como estos infelices no saben nada de Física, me vienen a reclamar a mí.

-La verdad, eso del Segundo Pricipio yo no lo sabía tampoco. Y vos, Ammon?

-No. Mirá, cuando yo estaba en funciones ya me había dado cuenta de que es mejor dejar las cosas como están, porque cuando uno trata de modificar algo se arma más bardo al final, pero nunca supe por qué.

-Bueno, pero paren un cacho, que esto no me cierra. Si ninguno de nosotros hizo el Segundo Principio, y cuando empezamos a laburar ya estaba todo armado…entonces quién lo puso en vigencia?

-No sé, sería alguna divinidad anterior, de la época que todavía estos salames de los humanos no tenían escritura, y por eso se perdió el nombre.

-Ah, claro, o sea que el responsable de todo este quilombo se las tomó hace milenios, y me vienen a cargar el fardo a mí? Espero que todos esos miles de millones de tarados inventen una nueva religión, así me retiro y me dejan de joder de una buena vez. Que se encargue la próxima divinidad de aguantarlos, porque a mí ya me tienen repodrido con tanta queja. Bueno, chau muchachos, me tengo que ir.

-Chau Dios, y tomátelo con soda.

-Nos vemos, Dios, y hacele caso a Zeus y no te calentés, que no vale la pena.



(Autor Gustavo)

jueves 16 de abril de 2009

EL SECRETO DE JACK.


El hombre se incorporó trabajosamente y preparó otra dosis de láudano.

Afuera de su habitación , en la campiña circundante, la primavera se empezaba a hacer notar. Braunau an Inn era un lugar tranquilo, muy apropiado para sus propósitos. Mentalmente, Jack comparó el paisaje luminoso con la bruma londinense que había dejado atrás, y se congratuló por su decisión de abandonar Inglaterra. No tenía nada más por hacer en esa isla que lo vio nacer, y en cambio los futuros pasos de su plan se desarrollarían allí, en Austria.

Mientras el láudano comenzaba a hacer efecto y calmaba su dolor, Jack trató de repasar todos los detalles. Era fundamental resistir el tiempo exacto, permanecer con vida hasta que tuviera lugar el nacimiento. Solo necesitaba unos minutos, a juzgar por la agitación que percibía en la habitación contigua. Una hora atrás había escuchado al dueño de la posada cuando enviaba al mozo de cuadra en busca de la comadrona.

Hacía un rato que ésta había llegado y había comenzado a asistir en el nacimiento.

Jack no era, en realidad, su verdadero nombre, pero por Jack se lo conocería durante los siglos venideros. Jack the Ripper, el hombre que se había burlado de la policía británica y había aterrado a la sociedad victoriana. Audaz, elusivo y perverso, había asesinado y mutilado entre el 31 de Agosto y el 9 de Noviembre de 1888 a cinco prostitutas en Whitechapel, un sórdido distrito londinense. Y, paradójicamente, cuando Jack comenzó a matar, ya sabía que sus días estaban contados.

Los oficiales de Scotland Yard, desorientados, le atribuirían erróneamente otras muertes semejantes, y se quebrarían la cabeza en el curso de sus investigaciones tratando de determinar cuáles, de las numerosas notas anónimas, burlonas y desafiantes que llegaban a manos de la policía habían sido realmente enviadas por el asesino. En realidad, ninguna de ellas había sido escrita por Jack, y todas eran obra de bromistas o lunáticos.

La policía nunca sabría que los crímenes de Jack eran un medio, y no un fin en sí mismos. Predaba en las prostitutas porque eran víctimas fáciles de atacar. Para cumplir con su propósito, la vida de cinco mujeres era necesaria. Cinco, daba igual su profesión o edad. Lo que era fundamental, era el ritual. Cada víctima tenía que ser sacrificada en una forma predeterminada. Lo de Jack, aunque para los profanos parecía una carnicería sin sentido, era una ciencia exacta.

En su torpeza, los detectives creían que su odio maníaco se enfocaba en las callejeras. No habían entendido el único mensaje que Jack les había hecho llegar, escrito con tiza en una pared.

Aunque hubiesen comprendido que allí estaba la clave, el móvil de todo, nunca lo creerían. Cómo podrían creer que Jack era un maestro de las artes oscuras, a cuyo estudio había dedicado la mayor parte de su vida, y que había descubierto el modo de reencarnar?

Por eso, al saber que se moría, y que solo tenía unos meses de vida, apuró sus planes. Cumplida su misión en Inglaterra, estaba libre para buscar su nuevo cuerpo, el que le permitiría realizar su misión. Y su búsqueda lo había llevado a ese pueblo, a esa posada con el pintoresco nombre de Gasthof zum Pommer, donde estaba por nacer, en la habitación contigua, el cuarto hijo de una mujer llamada Klara, y su esposo Alois.

Cuando su espíritu se transfiriera al recién nacido, comenzaría una nueva vida y podría dedicarse a su verdadera obra, la de limpiar la Tierra de esa raza maldita, que nunca recibía su merecido castigo. Su mente volvió por un segundo a la clave que había dejado para la posteridad, deliberadamente mal escrita en la pared de un callejón londinense luego de cobrarse una de sus víctimas: The Juews are not the men that will not be blamed for nothing….los judíos son los hombres que no van a ser culpados de nada.

Pero ahora, la historia cambiaría. Dedicaría toda su nueva vida a combatirlos, hasta la victoria final. Y así, con ese último pensamiento, Jack exhaló su bocanada final de aire mientras en el cuarto adyacente, en ese preciso instante, ese 20 de abril de 1899, nacía Adolf, el hijo de Klara Pölzl y su esposo Alois Hitler.



(Autor: gustavo.)

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martes 31 de marzo de 2009

EL HERRERO


Demetrio era el herrero del pueblo, desde que yo era pequeño. Decía ser griego, pero nadie sabía de dónde había venido. En un pueblo de agricultores, como el nuestro, siempre había herramientas que afilar o reparar, y Demetrio era muy bueno en su oficio. Cuando pequeño, me encantaba verlo trabajar en su yunque. Por lo demás, no tenía parientes ni se le conocían aficiones, salvo tomar de vez en cuando una copa de vino en la taberna.

Dejé de verle cuando abandoné el pueblo para ir a estudiar, y después de hacerme periodista, me encontré con que nada me impulsaba a volver. Lo cierto es que, cuando heredé en otra ciudad una casa que había pertenecido a mi bisabuelo,y en la cual acababa de morir su única habitante, una anciana tía que me nombró su heredero universal, decidí revisar la propiedad.

Entre las cosas que encontré al inspeccionar el altillo de la casa, estaba el diario de mi bisabuelo, que había emigrado desde Europa oriental muchas décadas atrás. Además del diario, estaban sus fotos, ya que la fotografía era a la vez su profesión y su pasatiempo. Con cuidadosa caligrafía, mi antepasado había escrito en el reverso de las fotos, comentarios y referencias cruzadas indicando en qué páginas de su diario se hacía mención a las personas retratadas en ellas.

Algunas me llamaron de inmediato la atención: eran fotos del herrero de su pueblo, en Silesia, trabajando en su yunque. El herrero era en todo idéntico a Demetrio, y, según pude leer en el reverso de una de ellas, también llevaba ese nombre. Revisando el diario, comprobé que el misterioso herrero, que vivía y trabajaba frente a la casa de mi bisabuelo, también afirmaba ser griego y para asombro de mi ancestro no parecía haber envejecido ni un día en las más de tres décadas durante las cuales habitó en ese lugar.

Mi bisabuelo afirmaba que cierta noche de 1914 había visto a una figura embozada y provista de una guadaña que se acercaba al taller del herrero, y que era a su vez la vivienda de Demetrio. Afirmaba que al poco rato escuchó el inconfundible ruido del martillo de Demetrio trabajando en la fragua. Anotó este suceso en su diario seguramente porque le pareció inusual que alguien llevara una herramienta de labranza a afilar con urgencia, en medio de la noche. Además, según observó, al día siguiente, el habitualmente impasible Demetrio se veía abatido y cabizbajo.

Según el diario, un par de días depués, el herrero abandonó el pueblo, sin dar a nadie razones de su apresurada decisión, y nunca nadie volvió a saber de su paradero. Unos pocos días después, la Gran Guerra estalló, y el mundo de mi bisabuelo y el de los otros habitantes del pueblo ya no volvería a ser el mismo.

Siguiendo un impulso innato en todos los que compartimos la profesión del periodismo y no pudiendo resistir la curiosidad de profundizar en el tema, decidí volver al pueblo donde nací, y hablar con el herrero, si todavía estaba allí. La idea de una serie de herreros homónimos, e idénticos, que se pasaban la profesión y hasta el nombre de padre a hijo me parecía buen tema para una nota.

Al volver al pueblo, comprobé con alivio que el herrero aún estaba allí, aunque, según algunos vecinos me contaron, tenia pensado abandonar el pueblo en un par de meses. Dirigiéndome al taller de Demetrio, me dí a conocer, porque luego de quince años había cambiado lo suficiente como para que no pudiera reconocerme a simple vista. Èl, por su parte, no había cambiado en lo más mínimo.

Decidí ir al grano y mostrarle el diario de mi bisabuelo, y las fotos de otro Demetrio. Le pregunté si era una asombrosa coincidencia, o, como yo creía, una relación de parentesco ligaba a ambos herreros. De paso, le pregunté sobre lo invariable de su aspecto, pese a los años transcurridos, otro extraño rasgo que también compartía con su antepasado, según el diario de mi bisabuelo. El herrero dijo que tenía un relato asombroso que contarme. Algo que tenía guardado desde hacía mucho, pero que le haría bien relatar, para desahogar su conciencia. Lo que me dijo, superó todas mis expectativas.

“El herrero de la foto no es mi antepasado, sino yo mismo-dijo Demetrio-. Soy griego, y Demetrio es mi verdadero nombre, pero nací en Micenas, cuando los muros de Troya aún estaban intactos. En esa época, yo ya era herrero. El más afamado de Grecia. Las mejores lanzas, las espadas más filosas, los escudos más resistentes, eran obra de mis manos. Cuando el infame ladrón de Paris perpetró su traición, Agamenón, Menelao y los otros príncipes y reyes aqueos me llevaron con ellos en su expedición punitiva. Siempre hay trabajo para un buen herrero, afilando arados o espadas, lo mismo da.

Tras acampar frente a los muros de Troya, el ejército de los aqueos dio a Príamo una oportunidad de evitar la guerra, pero el anciano era demasiado orgulloso para aceptarla, de modo que nos preparamos para recuperar por la fuerza lo que de buen grado se nos negaba. La noche antes de la primera batalla, estaba solo en mi tienda descansando, cuando una figura embozada entró. No puedo describir el horror de ver esas cuencas vacías, esas manos descarnadas…creías, acaso que la imagen de la Parca es solo una alegoría…? No, yo, que la he visto, puedo asegurarte que es tan real como tu y yo.

La Muerte me habló, y todavía se eriza mi piel al recordar sus palabras. Me pidió que afilara su guadaña, porque, me dijo, tenía muchas vidas que segar en el tiempo venidero. Traté de resistirme, pero fue tan persuasiva…hay acaso modo de negarle algo? Me dijo que, siendo yo el mejor herrero, haría que su herramienta fuera más filosa. El cuello de tantos valientes, agregó, no merece ser cercenado con un filo mellado. Al final, el resultado es el mismo, pero mucho más doloroso. Aún quienes deben morir en medio de tormentos, sufrirían mucho más, me explicó.

De modo que ahí estaba yo, conminado a hacer, por arte de mi oficio, menos penoso el paso al Hades de aquellos que, de todos modos, estaban de antemano condenados. Tuve que aceptar. Que hubieras hecho tú, en mi lugar ? Mi recompensa, o mejor dicho mi castigo, fue la inmortalidad. Tengo que estar disponible cada vez que la Muerte me necesita para afilar su herramienta.

Muchas veces me visitó, desde esa primera noche. Algunas de ellas, antes de importantes y sangrientos sucesos. Me visitó en las vísperas de Cannae, de Hastings, del brote de Peste Negra, de Hiroshima…cada vez con más frecuencia, porque cada siglo que pasa, hay más vidas que segar.

Durante todos estos siglos, no he envejecido, ni me he enfermado nunca. Cada tanto, debo mudarme a otro lugar antes de despertar sospechas. La gente no entendería que esto que hago es un deber, y un castigo, pero nunca un placer. Siempre he estado solo, no soportaría ver morir a alguien querido y saber que yo he aguzado el filo que segó su vida. Por eso dejé ese pueblo en Silesia. Sabía que muchos buenos hombres que conocía iban a morir en la Gran Guerra, y no tuve el coraje de verlo. “

Decidí que la historia de Demetrio, de publicarse, nunca sería creída. Siempre había sido un periodista serio, y no soportaría que me tomaran por loco. Me despedí del herrero, no sin antes pedirle que siga haciendo bien su trabajo. Cuando me llegue la hora, espero que la hoja de metal esté afilada, y que el golpe sea certero.



(Autor: gustavo)

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